En los altiplanos del suroccidente colombiano, San Juan de Pasto entra cada inicio de año en un estado particular. Durante algunos días, la ciudad cambia de ritmo, de rostro y casi de lenguaje. El Carnaval de Negros y Blancos no es un simple evento inscrito en el calendario: es una tradición profundamente arraigada, un momento en el que el espacio urbano se convierte en un territorio de expresión colectiva, artística y social, marcando la entrada en el nuevo año con una intensidad poco común.
Una tradición moldeada por el tiempo

El carnaval tiene sus orígenes en los rituales agrícolas de los pueblos Pastos y Quillacingas, que utilizaban máscaras, danzas y celebraciones para agradecer a la tierra después de las cosechas. Con la colonización, estas prácticas se mezclaron con las festividades cristianas y se estructuraron en torno a las fechas de la Epifanía, entre el 2 y el 6 de enero. A finales del siglo XIX surge el Juego de Negritos, asociado al día de descanso concedido a las personas sometidas a la esclavitud. En 1912, el Juego de Blancos completa esta dinámica, antes de que los estudiantes de Pasto introdujeran, a partir de 1926, los grandes desfiles urbanos y las mascaradas.
Con el paso de las décadas, el carnaval afirma su identidad artística a través de la creación de carrozas monumentales, elaboradas en arcilla y papel maché. Estas obras móviles, a la vez técnicas y narrativas, se convierten en uno de los símbolos de la fiesta. Esta trayectoria singular, nutrida de capas indígenas, coloniales y contemporáneas, fue reconocida en 2009 con la inscripción del carnaval en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.
El desarrollo de las celebraciones, del ritual al juego colectivo
Aunque el corazón del carnaval tiene lugar en enero, el ambiente festivo se instala desde el 28 de diciembre con el Carnaval del Agua. El día 31, el Desfile de Años Viejos abre simbólicamente la transición hacia el nuevo año. El 2 de enero marca la apertura oficial con un homenaje a la Virgen de Las Mercedes, seguido de momentos clave como el desfile de la Familia Castañeda y los colectivos coreográficos.
Las dos jornadas centrales muestran el carnaval en toda su dimensión. El Día de los Negros reúne a habitantes y visitantes en torno al maquillaje negro, un gesto simbólico de igualdad y convivencia. Al día siguiente, el Día de los Blancos cierra las festividades bajo una lluvia de talco blanco que cubre calles y plazas. El agua, la espuma y la pintura pasan entonces a formar parte integral del juego urbano. Conviene prepararse: proteger los dispositivos electrónicos, llevar ropa adecuada y anticipar los desplazamientos forma parte de la experiencia.
El arte como hilo conductor
Lo que distingue al Carnaval de Negros y Blancos es el trabajo de fondo que lo hace posible. A lo largo de todo el año, la ciudad vive al ritmo de talleres y viviendas transformadas en espacios de creación. Allí toman forma los trajes, las máscaras y, sobre todo, las carrozas, a veces durante varios meses. Estas esculturas móviles, que a menudo superan varios metros de altura, dan testimonio de un saber hacer transmitido, pero también de una gran libertad creativa, que combina referencias tradicionales, sátira y guiños a la actualidad.
Más allá de los desfiles
Para quienes prolongan su estancia, Pasto también se descubre fuera del carnaval. A pocos kilómetros, el Santuario de Las Lajas impresiona por su ubicación espectacular sobre un cañón, mientras que la laguna de La Cocha ofrece una pausa más tranquila en altura. La gastronomía local acompaña esta exploración, con especialidades como el hornado, cerdo asado lentamente con especias andinas, o el helado de paila, un sorbete artesanal preparado a mano en un recipiente de cobre.
Cuando la música se apaga, la ciudad recupera el aliento. Pero nada se borra del todo. Los talleres siguen en actividad, las familias ya comienzan a imaginar las carrozas del año siguiente, y las calles parecen conservar el eco de las danzas pasadas. Asistir al Carnaval de Negros y Blancos es también observar ese momento suspendido en el que la fiesta termina y un nuevo año comienza, sostenido por la memoria colectiva de Pasto.
Fotos: Carnaval de Negros y Blancos