Merengue: el ritmo que hace bailar a la República Dominicana

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Bastan unas pocas notas para que la atmósfera cambie. En muchas fiestas de América Latina, y más allá, el merengue tiene ese poder: hacer que los bailarines se levanten casi de manera instintiva.

Nacido en la República Dominicana, este ritmo ha trascendido ampliamente las fronteras de la isla. De los bailes populares a los escenarios internacionales, se ha convertido en una de las expresiones musicales más reconocibles del Caribe y en un símbolo de la cultura dominicana.


Un ritmo nacido en el campo

Los orígenes del merengue se remontan al siglo XIX, cuando comenzó a desarrollarse en las comunidades rurales del norte del país, especialmente en la región del Cibao. Desde sus primeras formas, reflejaba la fusión de varias tradiciones: influencias africanas que aportaban la base rítmica, y elementos europeos visibles en su estructura musical y en algunos instrumentos.

Al principio, el merengue se interpretaba con instrumentos de cuerda como el tres y el cuatro durante reuniones rurales y fiestas populares. Poco a poco, se consolidó el conjunto instrumental que definiría el merengue tradicional —también llamado perico ripiao: la tambora, un tambor de doble parche de origen africano que marca el pulso; la güira metálica, que mantiene el ritmo; y el acordeón, introducido por comerciantes alemanes, que lleva la melodía.

De música popular a símbolo nacional

Durante mucho tiempo, el merengue estuvo asociado con las clases populares y las fiestas rurales. Su trayectoria cambió con la llegada al poder de Rafael Leónidas Trujillo (1930–1961). El dictador decidió convertirlo en la música de eventos oficiales y celebraciones públicas, contribuyendo a su expansión en todo el país.

La radio, los bailes organizados por el Estado y el apoyo a las orquestas impulsaron esta difusión. Gradualmente, el merengue dejó el campo para llegar también a salones y grandes salas de baile.

Músicos como Julio Alberto Hernández adaptaron el perico ripiao a un formato de salón interpretado por grandes orquestas inspiradas en los big bands, conservando su base rítmica original. Formaciones como Santa Cecilia y San José participaron en el auge de este merengue orquestal, que rápidamente ganó popularidad dentro y fuera del país.

Una expansión internacional

A partir de la segunda mitad del siglo XX, el merengue se internacionalizó. La migración dominicana hacia ciudades como Nueva York contribuyó notablemente a su difusión en Estados Unidos, donde las comunidades de la diáspora popularizaron el género a través de radios, clubes y festivales.

Las décadas de 1970 y 1980 —consideradas su edad de oro— vieron a artistas como Johnny Ventura, Wilfrido Vargas, Sergio Vargas, Fernando Villalona y Los Hermanos Rosario llevar este ritmo a los grandes escenarios de América Latina.

El merengue también mostró una notable capacidad de adaptación. Artistas como Juan Luis Guerra le dieron una proyección internacional renovada al combinarlo con jazz, pop y bachata. Más recientemente, algunas producciones han incorporado influencias de la música urbana: artistas como Karol G, Manuel Turizo o el dúo Zion & Lennox han reinterpretado este ritmo en canciones contemporáneas, manteniendo al merengue vigente en las pistas de baile actuales.

En 2016, el merengue dominicano fue inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, un reconocimiento que subraya su papel central en la identidad cultural del país.

Un ritmo hecho para bailar

El merengue se define también por su baile. Los pasos son relativamente simples: las parejas se mueven con pequeños movimientos de cadera al compás de la tambora y la güira. Esta sencillez explica gran parte de su popularidad, permitiendo que personas de todas las edades se sumen fácilmente a la pista.

En eventos populares, también se interpretan variantes de merengue folklórico, vinculadas a tradiciones locales y culturales. Estas formas, a menudo más coreografiadas, se presentan especialmente en festivales dedicados al género, como el Festival del Merengue de Santo Domingo o el de Puerto Plata.

Más de un siglo y medio después de sus primeras notas en las comunidades rurales del Cibao, el merengue sigue marcando la vida dominicana. Se escucha en carnavales, conciertos, bares de barrio y grandes escenarios internacionales, manteniendo siempre su esencia: una música que invita a reunirse y a bailar.

Fotos: D.R | Ministry of Culture of the Dominican Republic

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