Un tour latinoamericano en 80 películas

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El cine sudamericano, al igual que la economía y la población del continente, es heterogéneo de un país a otro. Revisemos el estado actual del Séptimo Arte en cada país, así como a sus directores.


Tres gigantes concentran la mayor parte del cine mundial: el cine mexicano, el argentino y el brasileño, seguidos por el uruguayo, chileno y colombiano en términos de producción y distribución. Esto se debe naturalmente al poder económico de cada país, al apoyo que sus respectivos gobiernos brindan a los cineastas y a la necesidad de abrirse camino para penetrar en los principales mercados de Europa y Estados Unidos. Veamos cada país con detalle.

Por su proximidad, México mantiene una relación privilegiada con Estados Unidos, que favorece los contratos con Hollywood y los acuerdos cinematográficos entre ambos países. A ello se suma la facilidad con que los estadounidenses pueden desplazarse a los estudios mexicanos para producir sus películas, así como una geografía particular que permite rodar diversos géneros, desde westerns hasta películas históricas, en sus ciudades.

Argentina le sigue, con unas 60 películas al año vendidas en Europa y Estados Unidos gracias a la fama de cineastas como Pino Solanas, Daniel Burman, Lisandro Alonso, Pablo Trapero, Sergio Renán, Damián Szifrón o el actor y director Ricardo Darín. Esta galería de grandes del cine ha abierto mercados en todo el mundo con creaciones como Las nueve reinas, La historia oficial, Relatos salvajes, El hijo de Elías, Carancho, Elefante blanco o El Presidente, filmes que han sido nominados en Europa y han ganado premios. Las ventas de entradas en Argentina también son significativas, contabilizándose millones de boletos al año en el mercado local. En este caso, cabe destacar el papel del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) durante los últimos 30 años, con su ley de financiamiento y apoyo a la producción.

En cuanto al cine brasileño, comenzó a finales del siglo XIX (julio de 1896). Es un tipo de cine fuertemente influenciado por su mezcla de culturas, sus paisajes exuberantes y el cine hollywoodense. Aunque la población es muy numerosa, las ventas de entradas no cubren los costos de producción. Desde la década de 1970 surgió el “Cinema Novo” con Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Ruy Guerra y Carlos Diegues, quienes impulsaron el cine brasileño, basado principalmente en la literatura del país, como en el caso de Capitanes de Arena de Bruno Barreto o Dona Flor y sus dos maridos.

La existencia de la selva amazónica ha dado origen a algunos de los documentales más importantes de América Latina, como Cabra marcada para morir de Eduardo Coutinho. Su llegada a la escena internacional en los años 2000 se hizo especialmente visible gracias a filmes sociológicos como Ciudad de Dios de Fernando Meirelles y Central do Brasil de Walter Salles.

El cine uruguayo cuenta con un público muy leal que, aunque influenciado por el cine estadounidense, apoya la producción nacional y favorece el cine europeo de vanguardia y de autor. Sus directores siguen las escuelas francesa, española y alemana, y sus producciones están claramente inspiradas en estas influencias culturales. Dado que el mercado nacional es pequeño (menos de 3 millones de personas), los productores se ven obligados a exportar para que sus películas sean rentables.

El mercado español es el más favorable, gracias a los festivales de San Sebastián y Barcelona, pero también a los de Venecia y Berlín y a los numerosos festivales franceses. De las más de mil películas producidas en los últimos diez años, pocas han logrado destacarse internacionalmente. Entre ellas se incluyen Whisky de Pablo Rebella, El baño del papa de César Charlone, Polvo nuestro que estás en los cielos, Masángeles de Beatriz Flores Silva o Mal tiempo para pescar de Álvaro Brechner.

 

En Colombia, el cine ha sido considerado una industria desde la década de 1970. Durante este período surgieron los primeros cineastas colombianos en los escenarios nacional e internacional. En sus inicios, el cine se centraba en documentales y animación; posteriormente, los recién creados festivales internacionales de Bogotá y Cartagena sirvieron como plataforma para la difusión de producciones nacionales.

Gradualmente, desde el año 2000, el cine colombiano ha estado presente en Cannes, Berlín y Róterdam con películas como María, llena eres de gracia de Sandrine Moreno, Paraíso Travel de Simón Brand, La barra de Oscar Navia y Los Hongos del mismo autor.

Como símbolo de filmes que cuentan la historia difícil del país sin caer en estereotipos estadounidenses, cabe mencionar El olvido que seremos, película que narra la vida del médico y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado por grupos paramilitares en Medellín en 1987. El filme está basado en el libro escrito por su hijo, Héctor Abad Faciolince.

Durante los últimos 13 años, el cine peruano ha sido reconocido en Francia gracias a su festival anual que se celebra cada abril. Nacido en los años 50, fue apoyado por la creación de clubes de cine de bajo costo en todas las ciudades. Al igual que México, Perú es un país con tradición de invitar a cineastas y productores a filmar, generando ingresos que en parte se reinvierten en la industria cinematográfica.

Lamentablemente, la taquilla nacional es pequeña en relación con la población, y por ello el número de cineastas que pueden costear sus producciones es limitado. Sin embargo, algunos directores han producido obras importantes, como La boca del lobo y Caídos del cielo de Francisco José Lombardi, así como la adaptación de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, Fausta, la teta asustada de Claudia Llosa —que ganó varios premios en Europa—, La muralla verde de Armando Robles Godoy y Contracorriente de Javier Fuentes-León.

En el próximo artículo continuaremos nuestro tour cinematográfico por Chile, Bolivia, Ecuador y Venezuela.

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