Un tour latinoamericano en 80 películas (parte 2)

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Texto de Rubén Otormín – Traducción de Claudia Oudet – Este artículo fue publicado originalmente en www.elcafelatino.org


En nuestro artículo anterior, afirmábamos que el cine latinoamericano es un cine comprometido, un cine de autor, un cine en el que la denuncia y la sociología de las culturas prevalecen sobre el cine de masas. Ya sea entretenimiento o terror, ciencia ficción o películas de “catástrofes”, estos géneros despiertan mucho menos interés entre los creadores, productores y directores latinoamericanos. Aunque el público latinoamericano muestra entusiasmo por las historias de amor y los grandes éxitos de Hollywood, sus principales directores continúan la tradición de privilegiar un cine político y social que pone de manifiesto desigualdades y abusos. También señalábamos en esa edición previa que, como cualquier forma de arte, el cine depende del apoyo de los respectivos gobiernos y, por tanto, del respaldo que las instituciones audiovisuales brindan a sus cineastas. A esto se suma la capacidad de cada colectivo (filmotecas, asociaciones de cineastas, etc.) para generar vínculos y despertar el interés de distribuidores e inversores de otros países, dando lugar a un fenómeno que crece cada día más: las COPRODUCCIONES.
La llegada de las grandes plataformas de streaming al mercado mundial ha multiplicado considerablemente el número de coproducciones, y muchos directores latinoamericanos, tanto emergentes como consagrados, han encontrado apoyo financiero en Amazon, Disney y Netflix, por citar algunos. Realizar una película en Europa o en Estados Unidos cuesta entre 300.000 y 500.000 euros, siempre que no haya desplazamientos ni cambios de escenario en otros países; es decir, si la película se rueda en estudio o en paisajes locales. Este es el presupuesto mínimo. En América Latina, el coste se reduce a la mitad o incluso a un tercio. Por lo tanto, invertir en una película argentina o chilena no equivale a invertir en una alemana o sueca. No obstante, seguimos la clasificación habitual de la industria cinematográfica mundial: todo depende del país y de la notoriedad del director.
Hay países que han dejado una huella destacada en el mundo del cine, como Argentina, México, Brasil y Uruguay. Otros, como Colombia y Perú, han incrementado su presencia en el mercado europeo participando más activamente en festivales de cine latinoamericano (Biarritz, San Sebastián, Bruselas) o creando sus propios festivales, ya sea en su país de origen o en el extranjero (Festival de Cine Peruano en París, Festival de Cine Colombiano en Viena, etc.). Continuemos este recorrido por el mundo latino y detengámonos en otros países donde el cine es menos conocido, pero no por ello menos importante para su cultura.

Comencemos con el cine chileno

Al igual que la mayoría de sus vecinos latinoamericanos, el cine chileno ha atravesado tres etapas: sus inicios (años 1900) como un cine social y cultural; luego, una interrupción marcada por una fuerte censura entre 1970 y 1985; y, finalmente, el nuevo cine chileno surgido a finales de los años 80. Durante la dictadura de Pinochet, la mayoría de los cineastas chilenos continuaron trabajando fuera del país, como Raúl Ruiz, Patricio Guzmán y Alejandro Jodorowsky. Sin embargo, fue a partir de los años 2000 cuando el cine chileno adquirió un impulso internacional, especialmente gracias a coproducciones argentino-chilenas o con países europeos como Alemania, Francia y España.
El nuevo cine chileno mantiene su línea de cine de autor y comprometido, particularmente con las minorías étnicas o las clases desfavorecidas de Chile, con una marcada postura política. Esto ha dado lugar a una impresionante generación de creadores como Andrés Wood (Mi amigo Machuca), Patricio Guzmán (Nostalgia de la luz), Sebastián Lelio (Una mujer fantástica), Pablo Larraín (No) y Sebastián Silva (Nana), quienes han impulsado una verdadera generación dorada de jóvenes cineastas con un talento extraordinario. Su escuela de cine, una de las más prestigiosas de América Latina, ha formado talentos como Alejandro Amenábar y Mario Alberdi, premiados en Europa por sus documentales sobre Allende y la realidad del pueblo mapuche y sus conflictos en defensa de su territorio.

Cine venezolano

El cine venezolano es muy prolífico, pero al igual que el cine uruguayo, tiene dificultades para hacerse notar en Europa y Estados Unidos. Peor aún, es poco conocido incluso en su propio país. Hasta el año 2000, el público venezolano seguía principalmente películas estadounidenses y europeas, evitando el cine nacional. Fue gracias a los premios obtenidos en San Sebastián (Pelo Malo de Rondón), Biarritz (La Familia de Rondón Córdova), Bruselas (Dirección Opuesta de Bóllame) y Venecia (La fortaleza de Chalbaud) que el público venezolano volvió a interesarse por su propio cine.
En 2006, la inauguración de la Fundación Villa del Cine (Cinémaville), un gigantesco complejo cinematográfico, dio un nuevo impulso a la industria. A partir de 2005, el gobierno venezolano invirtió parte de sus ingresos petroleros en la cultura audiovisual mediante subvenciones, ayudas y la creación de festivales internacionales de cine venezolano. Películas como “Postales de Leningrado” de Mariana Rondón y “Mirada Regresa” de Alberto Lamata fueron financiadas íntegramente por universidades y el gobierno, abriendo así el acceso a numerosas producciones respaldadas por el Estado.
Actualmente, la producción venezolana es una de las más importantes de América Latina, aunque su relativo anonimato a nivel continental y global genera una sensación de injusticia entre sus creadores.

Pasemos ahora al cine boliviano

El cine boliviano comenzó tardíamente en comparación con otros países latinoamericanos. El público y los cineastas empezaron a interesarse verdaderamente por el cine nacional entre 1915 y 1925, con la creación de la primera sociedad cinematográfica y la apertura de salas, especialmente en la capital. A partir de 1955, con la llegada de cineastas como Jorge Ruiz (“La vertiente”), el cine boliviano dio sus primeros pasos reales hacia un cine sociológico y político.
La dictadura de Hugo Banzer impulsó otro tipo de cine, más romántico y de entretenimiento. El cine político y comprometido que cuestionaba el poder militar y la explotación campesina fue censurado, y durante 20 años el cine boliviano se convirtió en propaganda gubernamental o simple entretenimiento. Durante este periodo se creó la Cinemateca Boliviana, aunque bajo un fuerte control militar y represivo.
Desde 1990, con la democratización del gobierno, también se liberaron la cultura y las subvenciones. Se creó entonces un fondo de fomento cinematográfico que, al igual que en Chile y Venezuela, permitió a jóvenes creadores realizar sus películas. Bolivia retomó su cine sociológico, con numerosos documentales que denuncian la explotación del Altiplano y la Amazonía, a veces en nuevas formas como la animación. Es el caso de “Paulina y el cóndor” de Mario Barragán o “Abuela grillo” de Denis Chapon.
Así, a comienzos de los años 2000 surgieron en la escena latinoamericana cineastas como Hugo Ara (La oscuridad radiante), Paolo Agazzi (El día que murió el silencio), Mauricio Calderón (El triángulo del lago) y Martín Boulocq (Lo más bonito y mis mejores años). El nuevo cine boliviano busca sobre todo mostrar los perfiles de la sociedad boliviana en todas sus clases y diferencias. Películas como “Zona Sur”, “El Ascensor” o “Tierra sin mar” retratan la enorme brecha entre las clases altas y el campesinado mayoritariamente indígena.
La ley de cine de Bolivia fue promulgada a finales de 2018 tras años de organización y reivindicaciones del sector audiovisual, y actualmente su reglamentación está en proceso. Como resultado, en 2020 se creó el Fondo de Fomento Cinematográfico (Fondo 2020), financiado mediante un acuerdo entre ADECINE y el Ministerio de Planificación del Desarrollo, con el objetivo de apoyar a jóvenes creadores.

Para concluir, propongo terminar este recorrido con Ecuador

Al igual que el cine boliviano, el cine ecuatoriano nació tardíamente en comparación con otros países. Su nacimiento oficial como arte público data de 1920, aunque fue en 1950 cuando aparecieron los primeros cineastas y el público ecuatoriano comenzó a interesarse por su cine nacional, especialmente gracias a las instituciones gubernamentales.
Las coproducciones con productores latinoamericanos, especialmente mexicanos y argentinos, le permitieron integrarse en el ámbito latinoamericano y norteamericano, aunque sin lograr penetrar en el mercado europeo. El cine ecuatoriano privilegia los géneros musical, romántico, biográfico y de gran público. Empresas como Ecuador Sono Film y la Cinemateca Ecuatoriana crearon “Asocine”, uno de los primeros grandes sindicatos cinematográficos de América Latina.
Películas como “Guayaquil de mis amores” de Dimenjo, o “La divina canción” e “Incendio” de Nicasio Safadi, se basan en éxitos musicales que conectan con un público regional muy aficionado a la música. El cine ecuatoriano explota una importante fuente de ingresos en América Latina: las canciones y sus intérpretes estrella. Figuras como Mariano Moreno en México, Carlos Gardel en Argentina o Vinicius de Moraes en Brasil dieron un gran impulso al cine latino, y el cine ecuatoriano se especializó en este tipo de producciones.
A partir de 1980, el cine ecuatoriano se sumó a la corriente de cine sociológico, político y de autor presente en el resto de América Latina. Directores como Camilo Luzuriaga con “La tigra” o “Entre Marx y una mujer desnuda”, o Sebastián Cordero con “Ratas, ratones, rateros”, marcaron el inicio de un cine socialmente comprometido.
Desde el año 2000, las coproducciones aumentaron, especialmente con países vecinos como Colombia y Venezuela. Películas como “Qué tan lejos”, “Crónicas”, “Rabia” y “Pescador” se han presentado en festivales como Cannes y Montreal, e incluso han llegado al público estadounidense en los Óscar con “Qué tan lejos”. Desde 2015, el cine ecuatoriano se exporta progresivamente al público europeo y obtiene reconocimiento en festivales internacionales.

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