Maras: el pueblo andino que convirtió la sal en patrimonio

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Encaramado sobre Cusco, un monte parece cubierto de nieve en plena estación seca. Desde lejos, las terrazas blancas de Maras reflejan la luz como si la propia roca hubiera sido esculpida en sal. A medida que uno se acerca, el paisaje se define: miles de pozas forman un damero casi geométrico, donde el agua salada refleja tonalidades que van del rosa al dorado. Más allá de su singular estética, este lugar da testimonio de cómo una comunidad andina supo convertir su herencia ancestral en una economía sostenible.


El inicio de una historia andina

La tradición cuenta que las aguas saladas de Maras nacieron de las lágrimas de Ayar Cachi, el mayor de los cuatro hermanos míticos considerados fundadores de la línea inca. Encerrado en una cueva debido a su temida fuerza, habría llorado hasta que sus lágrimas dieron origen a un manantial salado que brota del monte Qaqa Wiñay.

Las excavaciones arqueológicas, sin embargo, sitúan las primeras extracciones de sal hacia el año 800 a. C., mucho antes del dominio inca. Los Wari, un pueblo comerciante con amplias redes de intercambio, fueron los primeros en explotar esta fuente y distribuirla a otras comunidades andinas.

Un paisaje productivo cargado de historia

En pleno Valle Sagrado, a más de 3.200 metros de altitud, Maras sorprende por el silencio que envuelve sus terrazas. Solo resuena el murmullo del agua en los canales y el crujido de la sal que se seca. Esta agua procede de un manantial situado en el interior de la montaña, saturado de minerales acumulados durante milenios. Su salinidad —hasta seis veces superior a la del mar— alimenta más de 3.000 pozas, e incluso más de 5.000 en época seca. Conjuntamente cubren más de seis hectáreas y mantienen un sistema de producción ancestral.

La danza del agua y la tierra

Entre mayo y octubre, las pozas se tiñen de matices blancos y rosados bajo el sol andino. Es la época de la cosecha: el agua salada procedente de un manantial subterráneo se evapora lentamente, dejando una capa de cristales que las familias recogen a mano. Los movimientos son precisos, casi coordinados: picos, palas y pisadas medidas para no dañar las paredes de arcilla. De este saber hacer nace la sal rosada de Maras, apreciada por su pureza y los minerales que le dan color.

Este método, heredado de antes de la época inca, ha resistido toda forma de mecanización. Cada poza se trabaja manualmente siguiendo ciclos de cuatro semanas. La constancia de este trabajo y el equilibrio entre naturaleza e intervención humana llevaron a la inscripción del sitio en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2019.

Los guardianes de la sal

Hoy, más de 400 familias agrupadas en Marasal S.A., la empresa comunal encargada de la gestión de las salinas, perpetúan la tradición. La organización ha logrado un equilibrio entre producción, preservación y apertura al turismo, garantizando una explotación colectiva y sostenible del recurso.

Cada familia administra varias pozas transmitidas de generación en generación. Marasal se ocupa de la comercialización, el control de calidad y la exportación del producto, vendido internacionalmente bajo el sello «Sal Rosada de Maras». Las técnicas ancestrales conviven con normas contemporáneas, sin aditivos ni agentes blanqueadores, para preservar la autenticidad de la sal.

Más que un medio de subsistencia o una parada imprescindible desde Cusco, las salinas representan una tradición en actividad permanente: un paisaje modelado durante siglos, donde la comunidad mantiene viva una historia que se cristaliza lentamente, al ritmo del sol que evapora el agua en cada poza.

Fotos: Promperú | Elías Alfageme

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