Texto de Eva Wolf – Traducción Rafael Tobar – Este artículo fue publicado originalmente en www.elcafelatino.org
Un arqueólogo reconocido por su trabajo en la arqueología amazónica, Stéphen Rostain ha buscado combatir la ignorancia arqueológica sobre esta región y los prejuicios de la arqueología académica.
Tras un período de servicio civil en la Guayana Francesa, Stéphen Rostain emprendió una tesis titulada “La ocupación amerindia antigua de la costa guayanesa”. En aquel entonces, solo unos diez arqueólogos trabajaban en los siete mil kilómetros cuadrados de la Amazonía. Se consideraban definitivos los axiomas sobre las “civilizaciones”, cuyos indicadores eran la construcción de edificios de piedra (pirámides o templos), una estructura social altamente jerárquica (como las civilizaciones inca, maya y azteca) y los sacrificios humanos.
Además, al tratar con las civilizaciones amazónicas precolombinas, las hipótesis sostenían que la existencia de poblaciones residuales contemporáneas era un reflejo de civilizaciones pasadas, que las huellas encontradas en la Amazonía no implicaban una ocupación precolombina, que no había ciudades en este territorio y que las evidencias de agricultura eran invisibles.
El trabajo de Stéphen Rostain comenzó desafiando todos estos axiomas.

¿Cómo y por dónde empezar?
Cuestionando a las poblaciones locales, quienes le proporcionaron información sobre los 50 sitios arqueológicos que visitaría. Luego, sobrevolando las zonas costeras en ultraligeros, lo que le permitió obtener imágenes aéreas de tableros de cultivo. En realidad, se trataba de una serie de montículos de 1 a 4 metros de diámetro, antiguamente sembrados con maíz, calabaza y frijoles, como los cultivos amerindios en Bolivia. Este investigador dedujo la existencia de prácticas agrícolas antiguas muy elaboradas.
Lo que queda de los pueblos amazónicos es resultado de una epidemia causada por la introducción de nuevos virus europeos en el siglo XVI. A consecuencia de esta ola de enfermedades, desapareció el 90 % de estas poblaciones. Sin embargo, se han encontrado rastros de pueblos y aldeas, así como rutas comerciales y ceremoniales de hasta 20 metros de ancho.
¿Cómo no impresionarse por sus habilidades de movimiento de tierras a gran escala y la logística que esto requería, por su agricultura respetuosa con el bosque y por las 350 lenguas que aún se hablan en la Amazonía hoy?
Es lamentable que la UNESCO no haya clasificado ningún sitio amerindio en la Amazonía. Es como si todavía existiera la dificultad de demostrar que una civilización así existió, una civilización cuyo hábitat estaba en la tierra, con una estructura social igualitaria, tradición oral y agricultura no invasiva. No ofrecía la imagen esperada. Por ello, el último axioma, según el cual la Amazonía precolombina era un bosque virgen, fue refutado por Stéphen Rostain.
Desde el año 2000, nadie ignora que la Amazonía es el pulmón verde de nuestro planeta, un territorio habitado y cultivado que podría existir sin masacres, talas y operaciones mineras, cuyos daños conocemos. El progreso, en el contexto global del calentamiento climático, ya no consiste en despejar tierras y “apropiarse de ellas”, sino en tomar conciencia de la sabanización de la Amazonía, con 550.000 km² deforestados en solo veinte años de tala e inducción de sequías, como en Brasil; se trata de preservar las culturas humanas que allí habitan, con Stéphen Rostain presionando para que la UNESCO clasifique otros sitios amerindios tras el Parque Nacional Chiribiquete en Colombia en 2018. Dado que la Guayana Francesa constituye una quinta parte del territorio de la Francia metropolitana, es de esperar que Francia adopte una postura frente a este ‘progreso’ contaminante y destructivo. Estamos al borde de un punto de no retorno, a punto de vivir los últimos momentos de un tesoro de biodiversidad.