En 2026, los estudios publicados por plataformas como Booking.com indican que viajar va cada vez más allá de la simple idea de descanso o desconexión. Los datos revelan un interés creciente por experiencias con significado, donde la historia, el camino recorrido y la conexión personal pesan más que el destino final. Sin pretender definir con certeza cómo será el año que viene, estas tendencias ofrecen, no obstante, una primera lectura de la evolución de las elecciones de destinos y las formas de viajar.
El viaje como relato
Se observa un atractivo creciente por experiencias que despiertan la imaginación, universos narrativos o lugares capaces de despertar la curiosidad más allá de los circuitos clásicos. Esto se traduce en estancias temáticas inspiradas en obras literarias o cinematográficas, así como en viajes donde la historia de un territorio se convierte en la principal motivación del desplazamiento.
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Esta aproximación toma forma, por ejemplo, en Colombia, donde Aracataca invita a los visitantes a explorar los lugares que nutrieron el universo de Gabriel García Márquez: la Casa Museo, las antiguas vías férreas evocadas en sus novelas, y los barrios que conservan la memoria familiar del escritor. El viajero ya no se limita a visitar un lugar: atraviesa un relato.
El regreso del road trip, ahora compartido
Otra proyección notable es la reinvención del road trip. Los itinerarios se vuelven más flexibles, apoyados por herramientas colaborativas, y compartir un vehículo transforma el trayecto en una experiencia central. En América Latina, esta tendencia podría revitalizar rutas emblemáticas como la Ruta del Fuego, que conecta los paisajes australes entre Argentina y Chile, o la mítica Ruta 40, que atraviesa la Patagonia y enlaza territorios aislados con pequeñas comunidades andinas.
Un turismo gastronómico repensado

Para muchos viajeros, la gastronomía dejará de ser solo una puerta de entrada a un destino y se convertirá en un vínculo duradero que se prolonga tras el regreso. Esta relación se expresa especialmente a través de la compra directa de productos locales: ingredientes, objetos artesanales o utensilios que luego se usan en la vida cotidiana.
En la región, este enfoque ya está bien presente. En el Eje cafetero colombiano, los visitantes seleccionan y envasan su café directamente en fincas familiares. En Lima o Cusco, los talleres culinarios combinan visitas a mercados, preparación de ceviche o causa limeña y la compra de especias locales, permitiendo llevarse una parte tangible de la experiencia peruana.
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Viajar para explorar relaciones
Entre las tendencias más singulares se encuentra la idea del viaje como revelador de compatibilidades personales o profesionales. Una proporción significativa de viajeros manifiesta estar dispuesta a usar las vacaciones para probar afinidades, ya sea con un posible compañero, amigo o incluso colega. Según el estudio, el 70 % de los españoles consideraría este tipo de viaje para evaluar la convivencia fuera del entorno diario.
Para el sector, estas motivaciones podrían impulsar la demanda de estancias cortas, fórmulas flexibles para parejas o pequeños grupos y alojamientos que favorezcan experiencias compartidas. La hospitalidad concebida como un espacio de interacción podría así imponerse frente a modelos más tradicionales.
Si la sostenibilidad o el bienestar continúan estructurando los discursos, lo que distingue verdaderamente la dinámica de 2026 reside en un cambio más profundo: el viaje se piensa cada vez menos como una acumulación de lugares y cada vez más como una experiencia vivida. Habitar un relato literario, cocinar con las propias manos, compartir la ruta en largos trayectos: el sentido ya no se encuentra solo en la llegada, sino en cada etapa del recorrido. Una evolución que no responde a un efecto de moda, sino a una transformación duradera de la manera en que los viajeros abordan el mundo.
Fotos: Peru Travel | Sébastien Walkowiak