Al amanecer del 1 de noviembre, una atmósfera especial invade Sumpango y Santiago Sacatepéquez. Desde las primeras horas, familias, visitantes y artesanos se reúnen junto a los cementerios para ver cómo el cielo se convierte en un inmenso mural de papel y bambú. Lo que ocurre no es un simple festival, sino una tradición ancestral que une a los vivos con sus antepasados.
Origen y significado de una costumbre única
Los orígenes de esta práctica se remontan a la época de los pueblos kaqchikel, cuando el vuelo de los barriletes ya estaba asociado con la festividad de Todos los Santos desde el siglo XVII. Según la tradición oral, estos barriletes sirven como puentes entre el mundo de los vivos y el de los muertos, al tiempo que protegen los cementerios de los espíritus errantes.
¿Pero por qué el 1 de noviembre? Se cuenta que ese día las almas regresan a visitar a sus familias y que los vivos deben recibirlas con altares, flores y ofrendas, una creencia compartida en varios países de América Latina.
Con el paso del tiempo, esta costumbre ha obtenido reconocimiento internacional. En 1998, Guatemala la declaró parte de su patrimonio cultural inmaterial; y en 2024, la técnica de fabricación de los barriletes gigantes de Sumpango y Santiago Sacatepéquez fue inscrita en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad de la UNESCO.
Meses de trabajo para un solo día

Nada se deja al azar en esta celebración. Todo comienza varios meses antes, cuando grupos de artesanos —a menudo familias enteras— se reúnen para elegir un tema. Algunos denuncian la corrupción; otros rinden homenaje a la naturaleza o a los desaparecidos de la guerra civil.
Una vez definido el mensaje, se dibujan los bocetos, se calculan las proporciones y se eligen los colores. Papel de seda, pegamento, tijeras y varas de bambú se convierten en las herramientas de un arte monumental: discos que pueden superar los veinte metros de diámetro, fruto de la creatividad colectiva y de cientos de horas de trabajo minucioso.
De la vigilia al cementerio

La noche del 31 de octubre, a la luz de las linternas y las fogatas, tiene lugar la lunada, la gran vigilia. Es el momento de ensamblar las últimas piezas, reforzar las uniones y amarrar las cuerdas. Entre risas, café y turnos sin dormir, la comunidad revisa cada detalle.
Al amanecer, los primeros barriletes se elevan: algunos bailan con el viento, mientras que los más grandes —de más de diez metros— permanecen anclados al suelo como enormes altares circulares.
El festival, que atrae a más de 100 000 visitantes, se celebra en dos municipios del departamento de Sacatepéquez: Sumpango y Santiago Sacatepéquez. En Sumpango, el evento tiene lugar en el campo de fútbol contiguo al cementerio general, mientras que en Santiago se realiza directamente dentro del cementerio.
Al final de la tarde, cuando el viento se calma, los barriletes se bajan y se guardan con el mismo cuidado con que fueron armados. Algunos se queman, como dicta la tradición; otros se conservan hasta el año siguiente.
En el cielo solo quedan los mensajes que, de una u otra forma, siempre llegan a sus destinatarios.
Quien visita Sumpango o Santiago Sacatepéquez ese día presencia mucho más que un espectáculo colorido. Se va con la certeza de que, en Guatemala, cada año, miles de manos recuerdan que el arte, la memoria y la comunidad pueden elevarse juntas.
Aquí, la memoria toma la forma del viento: frágil, efímera, pero eterna.
Fotos: Orlando Rukal | Eduardo Mendizábal
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