Texto de Camilo Gomez del blog Les Nouveaux Vagabonds – publicado originalmente en www.elcafelatino.org

Todos tenemos un país en un rincón de la mente que nos hace soñar y que aparece en nuestros pensamientos cuando queremos escapar. A 3500 km de la costa chilena, en pleno océano Pacífico, nunca pensamos que llegaríamos a uno de los lugares más aislados del mundo: la Isla de Pascua (o Rapa Nui en lengua pascuense).
Este aislamiento no ha impedido que la isla haya adquirido una enorme reputación. Viajeros llegan desde el otro lado del mundo para descubrir las enigmáticas figuras que se alzan por toda la isla y que no se encuentran en ningún otro lugar: los moái.
Iorana: esta palabra pascuense para decir hola suena como una invitación, y la aceptamos. Vamos juntos a descubrir los misterios de esta isla volcánica y de sus inmensos monolitos esculpidos, símbolos de Rapa Nui.
Un pasado incierto
Rapa Nui, Hawái y Nueva Zelanda forman un triángulo imaginario de islas en medio del Pacífico: la Polinesia. Este triángulo es el resultado de la migración de grandes navegantes polinesios a lo largo de los siglos. Eran capaces de detectar la tierra mucho antes de verla, observando la forma de las olas y las nubes, y guiándose por las aves y las estrellas.
Los primeros habitantes de Pascua probablemente procedían de las islas Marquesas, pero gran parte de su cultura sigue siendo desconocida. Su tradición era principalmente oral, y la única forma de escritura conocida se perdió cuando los portadores del conocimiento fueron deportados por traficantes de esclavos.
¡Aún existen tablillas que nadie ha podido descifrar! Todas estas zonas oscuras del pasado de Rapa Nui contribuyen al misterio que rodea esta enigmática isla.

Los moái, símbolo de Rapa Nui
La Isla de Pascua cuenta con unos 900 moái. Algunos están en pie, otros inacabados y parcialmente enterrados, y muchos fueron derribados durante guerras entre clanes. El moái más pequeño mide 1,13 m, mientras que el más grande alcanza 9,80 m y pesa más de 74 toneladas.
Fabricación
La gran mayoría de las estatuas fueron esculpidas en la cantera del volcán Rano Raraku. Se estima que un equipo de escultores podía tardar hasta dos años en completar un moái de gran tamaño. Cada estatua fue tallada en toba volcánica, una piedra tan fácil de trabajar como la madera.
El misterio del transporte
Los especialistas siguen sin explicación: ¿cómo lograron los habitantes de la isla mover estos colosos, que podían pesar hasta 80 toneladas, sin ruedas ni animales de tiro? Se han propuesto varias teorías: troncos para hacerlos rodar, cuerdas para balancearlos, trineos para arrastrarlos. No hay certeza. ¿Quizá “caminaban”, como dice la leyenda?
Significado y utilidad
Los moái son representaciones de los ancestros fundadores de cada clan. Siempre están colocados de espaldas al mar, mirando hacia el pueblo y sus habitantes (con una excepción) en centros ceremoniales. Una vez instalados, se esculpían los ojos y se colocaban para reactivar el mana (alma) de los moái y proteger a la tribu.

Recientemente, un estudio ha dado a estas figuras un propósito más terrenal: su construcción habría ayudado a favorecer la fertilidad del suelo y la agricultura. La cantera de Rano Raraku no solo habría servido para extraer roca y esculpir los moái, sino también para cultivar alimentos esenciales para la supervivencia de los habitantes, gracias al proceso de extracción de la piedra.
El culto del hombre-pájaro
El culto a los moái fue perdiendo importancia y fue reemplazado por otro igualmente singular: el culto del hombre-pájaro. Una vez al año se organizaba una competición entre representantes de cada jefe tribal. Los participantes debían encontrar el primer huevo de un ave charrán en un islote situado a 2 km frente a Rapa Nui.
Era una prueba extrema: debían nadar hasta el islote, enfrentarse a las olas y a los tiburones, y regresar con el huevo intacto escalando un acantilado de 300 metros. El ganador obtenía el prestigioso título de hombre-pájaro y debía vivir recluido durante un año debido a su carácter sagrado, sin que nadie pudiera acercarse ni mirarlo.
