En América Latina, la riqueza de los territorios nunca se ha limitado a lo que se ve en la superficie. Desde las primeras exploraciones, el continente se ha consolidado como una tierra de recursos, donde el oro, la plata y las piedras preciosas han marcado profundamente su historia, sus paisajes y sus equilibrios económicos.
Esta relación con el subsuelo, durante mucho tiempo asociada a la extracción y a grandes etapas de desarrollo, sigue hoy en el centro de numerosos territorios. Lo que cambia, en cambio, es la manera en que estos espacios, antes cerrados, se vuelven accesibles y ofrecen otra lectura de ese legado.
Colombia: Muzo, la esmeralda como hilo conductor
En la región de Boyacá, al norte de Bogotá y conocida como la capital mundial de la esmeralda, Muzo ha pasado de ser un territorio marcado por la explotación y el conflicto a convertirse en un destino que pone en valor su identidad minera sin desligarla de la realidad local. La experiencia comienza cuando el paisaje se vuelve más abrupto: aquí no hay puesta en escena, sino realidad de la extracción.
Casco y linterna frontal puestos, los visitantes no solo entran a la mina: participan, removiendo la tierra y lavando sedimentos como los guaqueros, con la esperanza de encontrar algo.
A lo largo del recorrido, los guías conectan la historia del territorio, desde los años de la “guerra verde” hasta la leyenda de Fura y Tena, según la cual las esmeraldas nacieron de las lágrimas de una mujer indígena, anclando estas piedras en el imaginario local.
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Bolivia: Cerro Rico, una inmersión sin filtros

Dominando la ciudad de Potosí, el Cerro Rico se explota sin interrupción desde el siglo XVI por su plata y sigue activo hoy bajo un sistema de cooperativas que también extrae zinc, plomo y estaño. La experiencia comienza incluso antes de entrar, en el mercado de los mineros, donde se compran hojas de coca, bebidas y equipos de uso cotidiano.
Más que una experiencia participativa, la visita se convierte en una inmersión directa en la realidad minera actual. Equipados con protección básica, los visitantes avanzan por galerías cada vez más estrechas, donde el sonido de las herramientas marca el ritmo de cada paso.
En el camino aparece la figura del “Tío”, heredada de la época colonial, que mezcla amenaza y protección. Los mineros le dejan ofrendas para pedir protección y favorecer el descubrimiento de nuevas vetas.
Argentina: La Carolina, el oro al alcance de la mano
En La Carolina, en la provincia de San Luis, todo ocurre a una escala más íntima. El pueblo se extiende entre las colinas, con sus calles de piedra y casas bajas que parecen haber cambiado poco desde la fiebre del oro, en su apogeo en el siglo XIX.
Antes de entrar a la mina, el recorrido sigue el arroyo que atraviesa el pueblo; su tonalidad amarillo ocre no es casual. Allí, con una simple batea, los visitantes aprenden a mover el agua y la arena hasta hacer aparecer finas partículas de metal. Encontrar oro nunca está garantizado, pero el gesto en sí mismo es el corazón de la experiencia.
Después, casco y linterna frontal puestos, la visita continúa en la mina de Buena Esperanza, por el mismo acceso que utilizaban los mineros. Las galerías descienden hasta unos 300 metros, entre vetas visibles, formaciones minerales y suelos cambiantes, dejando a veces aparecer pequeños fragmentos para observar.
Más que abrirse al turismo, estos lugares permiten el acceso según sus propias condiciones. No existe un relato único ni una forma estandarizada de recorrerlos: en Muzo se busca; en Potosí se observa; en La Carolina se experimenta.
Cada visita es distinta, pero todas comparten algo: obligan a leer el territorio desde aquello que lo sostiene, y no solo desde lo que muestra.
Fotos: Gobierno de Argentina | Ander Izagirre.